lunes, 20 de diciembre de 2010

Premio Nobel de Literatura 1998

Fragmento del discurso de aceptación ante la Academia Sueca
del Premio Nobel 1998 de Literatura

José Saramago


El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía
leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa
de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del
catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena
de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían
de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de
cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de



la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo.

Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos,
y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la
noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se
helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones
más débiles y se los llevaban a su cama. Debajo de las mantas
ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una
muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por
primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían
así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era
proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para
mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es
indispensable. Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo
en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del
huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces,
dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba
la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al
hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las
cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada,
pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los
rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho
del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano,
después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a
dormir los dos debajo de la higuera".

Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la
mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para
todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por
antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después
acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de
la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se
me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una
hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en
silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la vía
lactea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la
aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las
historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas,
apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas,
escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un
incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al
mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba
cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando
para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que
invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él,
calculadamente, le introducía en el relato: "¿Y después?". Tal vez
repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas,
quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad
mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir
que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la
ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el
canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había
ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me
levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve
siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas
enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la
otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa.

Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante
un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había
dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las
historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas
caso, en sueños no hay firmeza". Pensaba entonces que mi
abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba
las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera,
con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en
movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después,
cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un
hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella,
creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando
sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde
entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de
encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es
tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de
morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo
trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final,
estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última
despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la
puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra
en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con
cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de
irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue
mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al
presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los
árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque
sabía que no los volvería a ver.
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"No puedes enseñárselo todo. Sólo puedes ayudarle a encontrarlo por sí mismo."
Galileo Galilei

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